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Tratamiento de la ansiedad. Nuevo paradigma

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Actualmente, estamos viviendo un cambio de paradigma en los tratamientos psicológicos, también evidentemente en el tratamiento de la ansiedad. La revolución de la neurociencia ha revelado la primacía de las emociones en la condición humana.
En el campo de la psicoterapia, el centro de la acción terapéutica se está desplazando de los modelos que favorecen la cognición hacia los modelos que reivindican la primacía de los afectos arraigados en el cuerpo. Se trata de las terapias experienciales o “de abajo hacia arriba”. Los tratamientos centrados en la emoción y las manifestaciones somáticas de los procesos psicológicos, antes marginados por las tendencias más académicas, están siendo considerados de nuevo. A pesar de que muchos clínicos ya las usábamos como tratamientos prioritarios, desde los enfoques humanistas y muy especialmente en mi caso desde la Gestalt, no tenían el apoyo de la evidencia científica, a pesar de que sí que estaban apoyadas por los bonos resultados en la práctica clínica.
Con los avances de la neurociencia, la terapéutica clínica basada en la experiencia está encontrando el apoyo científico que le faltaba hasta ahora. Muchos profesionales ya sabíamos de su eficacia, pero ahora, además, podemos empezar a explicar desde un punto de vista también fisiológico, gracias a la biología y la neurociencia, porque funciona.
Desde mi punto de vista, es paradójico que en un trastorno como el de la ansiedad, que es considerado en todos los manuales diagnósticos como un trastorno emocional, el tratamiento de preferencia fuera el cognitivo-conductual y no un tratamiento que se focalice en los afectos y las emociones.
El científico Richard Ryan (2007) afirma que “(…) se está demostrando que las intervenciones cognitivas que no abordan la motivación y la emoción tienen una eficacia de corta duración, y que se pueden aplicar a pocos problemas.”
Por su parte, el reputado neurocientífico Jaak Panksepp (2008) afirma rotundamente: “Ahora, la ciencia cognitiva tiene que reaprender que los sistemas emocionales antiguos tienen un poder que es bastante independiente de los procesos cognitivos neocorticales (…). Estos substratos emocionales promueven las relaciones cognitivas-objeto óptimamente mediante experiencias emocionales ricas”.
Tanto estudios de la neurociencia de los afectos como de la psicología del desarrollo han desvelado que la habilidad de regulación emocional es una fuente importante de psicopatología.
La regulación emocional puede definirse como toda estrategia dirigida a mantener, aumentar o suprimir un estado afectivo en curso. Esta regulación pasa necesariamente para reconocer la emoción en curso y por su expresión adaptativa.
Una de las estrategias de regulación emocional, que nos puede servir en un momento determinado, pero que si se cronifica puede ser mucho patologizante a medio y largo plazo, es la supresión (controlar la respuesta somática de una emoción). Esta supresión es una estrategia que de forma inconsciente adoptan muchos individuos y que a menudo acaba produciendo un trastorno depresivo o de ansiedad.
Varios estudios han demostrado que la supresión emocional disminuye considerablemente la expresividad afectiva, en todo su rango (positivo y negativo), generando una disminución de la comunicación de los estados internos del individuo. Desde el punto de vista fisiológico, los sujetos que utilizan la supresión muestran una actividad del sistema simpático intensificada, tanto en índices cardíacos como en medidas de conductancia de la piel.
Al contrario, las personas que usan la estrategia de reevaluación (asignación de un significado “no emocional” a un acontecimiento) muestran una actividad fisiológica bastante más reducida en los mismos índices cardíacos y de conductancia. Por otro lado, la supresión involucra un alto esfuerzo cognitivo durante el proceso emocional, producto principalmente de la automonitorización y de la autocorrección. Este esfuerzo reduciría los recursos cognitivos disponibles del sujeto, dificultando la retención de los acontecimientos a diferencia del que sucede con la reevaluación. De hecho, las personas que usan frecuentemente la reevaluación tienen un mejor desempeño en pruebas objetivas de memoria.
Finalmente, desde el punto de vista interpersonal, las personas que suprimen sus afectos, al disminuir notoriamente su expresividad emocional, generan afectos negativos en los otros y resultan menos “alentadores” en situación de adversidad.
Por otro lado, varias investigaciones han puesto evidencia que la inteligencia emocional (IE) entendimiento como la capacidad de las personas para reconocer, comprender y regular las emociones propias y las de los otros, discriminar entre ellas y utilizar la información como guía de los pensamientos y acciones (Mayer y Salovey, 1997), es un buen predictor de las estrategias adaptativas de afrontamiento a las vicisitudes de la vida (Extremera y Fernández-Berrocal, 2002; Limonero, Tomás – Sábado y Fernández-Castro, 2006; Limonero, Tomás – Sábado, Fernández-Castro *y Gómez-Benito, 2004; *Limonero et al., 2010).
En definitiva, la inteligencia emocional está relacionada con los procesos de adaptación que facilitan las respuestas adecuadas a las diferentes situaciones y acontecimientos con las que cada individuo tiene que enfrentarse en su vida. De este modo, disminuyen las reacciones emocionales desadaptativas, facilitando estados de ánimo satisfactorios y reduciendo la incidencia de los estados de ánimo negativos. (MacCann, Fogarty, Zeidner y Roberts, 2011 Mayer y Salovey, 1997).
Con la terapia basada en Inteligencia Emocional y las terapias experienciales, como la Gestalt, que aplicamos en el Instituto Catalán de la Ansiedad, el paciente que sufre cualquier trastorno de ansiedad o de estrés excesivo, aprende a reconocer y entender su mundo emocional y aprende a regularse emocionalmente. Esto reduce o hace desaparecer su sintomatología y le aporta bienestar y nuevos recursos de afrontamiento satisfactorio por las diferentes situaciones vitales presentes o futuras.
Carles Rivera. Psicólogo.
Director de l´Institut Català de l´Ansietat.

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